Aboguemos por el amor, la aceptación, la inclusión, porque, con la vara que midas, serás medido
Dad, y os será dado; medida buena, apretada, remecida y rebosante, vaciarán en vuestro regazo. Porque con la medida con que midáis, se os volverá a medir. Lucas 6:38. Biblia de las Américas.
Tengo muchos temas para tratar esta semana. Tantos, que me da para escribir tres entradas. Empezaré cerrando el tópico de la semana anterior. Hablando precisamente sobre el agonismo, la libertad de expresión y la pugna de los discursos en la era posmoderna.
¿Qué es la posmodernidad? La etapa de la historia donde todos los postulados de la modernidad (el progreso mediante la ciencia y la tecnología, el uso de la razón y la producción en masa para satisfacer las necesidades de todos los individuos), caen por su propio peso, demostrando que la razón puede usarse también para la abyección (el Holocausto, por ejemplo), el avance tecnológico es paralelo a la vacuidad de la existencia, y la sustentabilidad se ve amenazada por la explotación excesiva de los recursos naturales. En fin, frente a este desencanto, donde la ciencia es sólo un discurso más que legitima el poder, la palestra, el ágora, la plaza pública, se ve inundada de múltiples discursos en pugna. La verdad ha muerto, como la fe en el progreso o en las deidades. El individuo se encuentra desamparado.
Es entonces que aparecen los discursos, los “lobbies”. El mentado “lobby gay” se encuentra en pugna con el rancio “lobby cristiano”, integrado por fariseos que muy probablemente volverían a matar a Cristo si regresa. Ellos fueron los mismos que mandaron a la hoguera a Giordano Bruno y que condenaron al silencio a Galileo. ¿Cuál discurso tiene más peso o más valor? Ninguno, es imposible determinarlo. Sin embargo, me uno al discurso del progresismo porque, idealista como soy, creo en un sistema de libertades, más que de imposiciones. Por supuesto, todos los discursos caen en excesos, en los extremos. Sin embargo, a través de la historia, hemos padecido el extremismo de las religiones más que el de los liberales.
La familia, igualmente, es un campo en el que se encuentran en pugna ambos discursos. Para mí, evidentemente, la familia es una construcción social que puede adoptar una variedad de formas que trascienden el rancio modelo hombre-mujer, y éste es sólo uno más en esta nueva tipificación de la familia. Qué complicado… Igualmente, estoy a favor de la adopción homoparental, no porque me interese a mí –he cuidado a niños y a personas mayores, pero he decidido hacer mi vida solo-, sino por las próximas generaciones, donde dos personas, independientemente de sus preferencias sexuales, puedan adoptar a los niños que requieren una familia. Abogo por una menor burocracia y una mayor vigilancia para que los niños tengan un mejor futuro.
Todos somos personas, y como expresó Terencio, “nada humano me es ajeno”. Aboguemos, pues, por el amor, la aceptación, la inclusión. Porque, con la vara que midas, serás medido. Y no nos dejemos engañar por los lobos disfrazados de corderos. Por las “personas piadosas” que, como paraninfos, con sus respectivos corifeos, diseminan un mensaje de odio disfrazado de compasión.
¡Viva la libertad de expresión! Y que todos digan lo que les parezca. Y que la ley nos proteja a todos. ¡Saludos a todos! Hasta la próxima.
