“¡Mi papito nooooooo! ¿Quién lo mató mamá?”
Minatitlán, Ver.
La familia lloraba, sus hijos e hijas y sobrinas se abrazaban sin bajarse de la banqueta, mientras el cuerpo de “Lupillo” permanecía tirado sin vida en el pavimento a plena calle. Una sabana cubría el cuerpo por completo, sus colegas se cuchichiaban diciendo que los sicarios no le habían dado tiempo de nada, porque llegaron directo a matarlo.
Serían las 09:45 horas, cuando arribó al lugar de los hechos el joven encargado de la Cruz Roja, Williams Moisés Martínez Velasco, a bordo de una ambulancia para checar signos vitales de la victima que le dijeron le habían pegado de tiros, nada pudo hacer a pesar que bajó su maletín de primeros auxilios, tenía puesto un balazo en la nuca, y otro en la cabeza, le salia sangre de los oídos y boca, ya estaba muerto desde que le dispararon y cayó al suelo.
En segundos llegó una patrulla de Policía Naval para acordonar el área; los reporteros iban llegando uno a uno, ¿Qué pasó? Era la pregunta obligada, “pues nada, eran dos, venían en una moto Italika Roja, ya hombres adultos como de 50 años, uno se bajó en la esquina, caminó hacía la víctima y a quema ropa, sin decir palabra, le pegó dos tiros en la testa, después huyeron en sentido contrario” dijo la autoridad.
A los lejos, Claudia Cruz, esposa de la víctima, Guadalupe Hernández Burgos consolaba a sus hijas que lloraban la muerte de su padre, “¡noooo, nooo.nooo, mi papito, nooo!” gritaba su hija la mayor. Sonó el teléfono, “¡Hay manita, mataron a Lupillo!” “¡No sé quien!” “¡Mira mejor te explico al rato!” decía, Claudia, mientras luchaba por guardar su teléfono celular en el bolso de mano.
En la esquina de Pino Suárez y Ejercito Mexicano, los conductores curiosos se paraban a echar la miradita. Un abuelito como de 80 años se le atravesó a un taxista que se fue a incrustar contra la troca del anciano, “¿que fue lo que sucedió aquí?” se bajó del vehículo con un brinco ágil preguntando , no le importó haber chocado, quería enterase que es lo que había pasado “ahorita viene mi aseguradora” remató y se quedó a ver.
El momento más álgido fue cuando llegó como lo hace un artistas al escenario, el agente del Ministerio Publico, David Mendoza Medel, porque así arribó a a escena del crimen, contento, sonriente, bien peinado y perfumado, vistiendo un pantalón sastre azul marino y una de sus acostumbradas filipinas, rojas, rosas, moradas, aunque en esta ocasión llevaba puesta una camisa verde pistache, con su nombre y cargo bordados en la solapa y zapatos negros de brillaban como si fueran de charol.
“Buenos días, buenos días” saludaba a todos con una amplia sonrisa, le dio la mano a los policías, a los reporteros, a la familia y a cuanto se le puso en frente; eso sí, se transformó al momento de iniciar con las primeras pesquisas, porque se le notaba muy serio, inalcanzable, dando órdenes a uno, mirando a otros, escudriñando al de a lado, hablando al oído a su secretario particular. había concluido, ordenó que le ventaran el cuerpo “llévenselo a la morgue de Cosoleacaque, para la autopsia” dijo en voz alta con voz de mando.
Cuando todos se habían marchado, un pastor cristiano ofreció las primeras plegarias al difunto, reunió a la familia justo en el lugar donde había quedado tirado el cuerpo, oraron durante varios minutos, el MP se había llevado a declarar a la esposa y al hijo mayor, todos estaban inconsolables, “mi papá fue una persona muy tranquila, no se metía con nadie, no tenía enemigos, no sé quien pudo hacer esto” declaró el vástago a las autoridades ministeriales.
